Los filósofos griegos Platón
y Pitágoras fueron los primeros
en asignar un valor determinado a la geometría. Llegaron a la
conclusión de que la geometría era el principio básico de la
ordenación del mundo y del universo. Mucho antes de su época,
los egipcios, los mayas y otras culturas antiguas ya lo sabían
y construyeron sus santuarios siguiendo estas proporciones geométricas.
Por la belleza y armonía incomparables de estas proporciones
perfectas, las formas geométricas que aparecen en la naturaleza
con gran regularidad se llaman Geometría Sagrada.
El universo está configurado según unas proporciones geométricas
determinadas. Tal vez el ejemplo más famoso de ello es la Proporción
Áurea, un valor geométrico especial presente en todo
lo que hay en este mundo. Estas proporciones matemáticas se
pueden encontrar en todas partes: desde los átomos y las estrellas
hasta las estructuras arquitectónicas hechas por el hombre.
Nuestro cerebro reconoce las formas y estructuras de la Geometría
Sagrada a un nivel subconsciente. Este conocimiento innato es
una parte universal del cerebro humano e, inevitablemente, hace
que las personas tiendan a experimentar determinadas emociones
cuando se concentran en estas formas. Sin embargo, el cerebro
no siempre reconoce de dónde le viene, porque la geometría llega
al subconsciente sin ningún tipo de filtro.
Algunos ejemplos sencillos de las formas geométricas sagradas
son el círculo, la esfera y la Proporción
Áurea, entre otras. Y entre las formas más complejas
están los cinco Sólidos Platónicos:
el Tetraedro – el Hexaedro (cubo) – el Octaedro – el Dodecaedro
– el Icosaedro. Por ejemplo, los complejos que forma el agua
de nuestro cuerpo están organizados según esta norma. Nuestro
subconsciente reconoce estas formas por sí mismo, incluso cuando
habitualmente no somos conscientes de ello.